La obesidad en clave de ciencia básica

La obesidad en clave de ciencia básica

El sentido común indica que una buena forma de abordar un problema es mirarlo desde distintos puntos de vista. En el fenómeno de la obesidad esto es un hecho, y la colaboración de diferentes áreas del conocimiento ha ayudado a comprender y abordar este enorme problema de la sociedad actual. El complemento entre los datos que aportan los estudios en grandes poblaciones, las observaciones e intervenciones en animales y humanos, así como las investigaciones desde la ciencia básica, permiten un diálogo en el cual las ideas y preguntas que van surgiendo en un nivel puedan probarse en el otro, y viceversa. Un dialogo muy necesario, si queremos comprender -y algún día superar- esta condición que ha sido tan difícil de enfrentar para la salud pública mundial. 

El estudio de la obesidad desde una perspectiva básica, es decir, estudios en laboratorio para entender los mecanismos celulares y moleculares involucrados, ha entregado muchas luces para comprender por qué la obesidad, no es solamente un problema estético, sino que afecta directamente muchos aspectos de la salud y aumenta el riesgo de enfermedades serias y de alta mortalidad. Y no solo es importante saber por qué, sino que cómo prevenir o buscar soluciones al problema.

La obesidad está oficialmente definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como “una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud”. Aunque el desbalance energético que lleva a la obesidad parece (y es) una ecuación muy simple (subimos de peso si ingerimos más calorías que las que gastamos); la multiplicidad de sistemas, órganos, células y mecanismos que están involucrados en el desarrollo de la obesidad y sus consecuencias en otros ámbitos de la salud es enorme. Así, complicando un poco más el asunto, se puede decir que la obesidad es el resultado de problemas en la interacción entre factores genéticos, ambientales y psicosociales, que actúan a través de diversos mecanismos en el organismo que finalmente regulan la ingesta y gasto de energía, determinando un exceso en los depósitos de grasa. La investigación básica ha tenido mucho que decir para comprender cómo ocurren todos estos fenómenos.

Uno de los aspectos más comunes, aunque ciertamente no el único, en la mirada desde la ciencia básica en el tema de la obesidad se enfoca en estudiar el tejido graso (o “adiposo”) y cómo se comporta o altera con la sobrecarga que le confiere esta condición. En pocas palabras, los estudios básicos han permitido establecer que a medida que el peso y la grasa corporal aumentan, existe un punto en que el tejido adiposo ya no es capaz de hacer su función de guardar esta grasa en forma segura, y la grasa se comienza a depositar en otros órganos, haciéndoles daño y afectando su funcionamiento. Al mismo tiempo, el tejido adiposo mismo se vuelve “patológico”, comienza a inflamarse, y a producir y enviar moléculas propias de la inflamación al resto del organismo. La influencia del tejido adiposo “patológico” sobre el funcionamiento de otros órganos como el cerebro, el hígado, el páncreas, los músculos y el corazón se observa en la regulación del apetito y saciedad, los niveles de glucosa en la sangre, la sensibilidad a la insulina, la inflamación y la presión arterial, entre otras muchas funciones, alterando así la salud en numerosos niveles.   

Hoy se sabe que el tejido adiposo es un órgano activo con funciones que van mucho más allá de almacenar grasa, y a la vez que la obesidad es mucho más compleja que los kilos que la balanza nos dice que tenemos de más. Y la historia se complejiza aún más: no existe un solo tipo de grasa o un tipo de obesidad. El daño que nos puedan hacer esos kilos de más va a depender de dónde están ubicados: la grasa en la zona del tronco o visceral (obesidad tipo “manzana”), produce más daño que la grasa ubicada en las caderas o muslos (tipo “pera”). Por diferencias en la composición, el funcionamiento y otras características biológicas de los distintos depósitos grasos, la obesidad tipo “manzana” conlleva un mayor riesgo de presentar enfermedades metabólicas y cardiovasculares que la obesidad tipo “pera”.

En síntesis, es muy importante considerar distintas miradas para entender de mejor manera la obesidad y algún día ganar la lucha contra este desorden metabólico. La perspectiva desde la ciencia básica ha permitido conocer más profundamente el funcionamiento y la alteración de diversas células, órganos y sistemas para comprender los mecanismos moleculares que explican la relación entre obesidad y las enfermedades que se le asocian. Su contribución también es importante para responder preguntas como, ¿por qué en condiciones ambientales parecidas, algunas personas se vuelven obesas y otras no?; o ¿por qué algunas personas tienen mayor o menor éxito con diferentes tipos de tratamientos?, y tantas otras que podrían ayudar a desarrollar nuevas estrategias para su prevención y/o tratamiento. El llamado es a seguir trabajando en conjunto para que, desde las distintas áreas, desde las ciencias biomédicas hasta las sociales, logremos vencer este enorme problema de la salud pública mundial.

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